YO TAMPOCO TE ENTIENDO

Cuando caemos en el pozo del temor, es normal sentirnos separados del resto.

La gente suelta comentarios absurdos, intentando empatizar.

O peor aún, directamente te sueltan alguna impertinencia hiriente.

O mucho peor aún: te dicen que nadie te entiende pero ellos si (para venderte un producto).

Una parte de nosotros ansía que alguien conecte con nosotros. Alguien que entienda nuestro mundo interno. Alguien que reconozca que no sufrimos por gusto y que deseamos cambios de manera auténtica.

Pero tarde o temprano descubrimos que la empatía no sirve de mucho.

Es como las agencias de marketing que intentan timar a los empresarios vendiéndoles “likes” y “seguidores”. Pero el empresario espabilado no cae en esas tonterías. Porque sabe que no puedes ir al banco a ingresar “likes”.

Para comprar el pan que alimenta a tus hijos, necesitas ventas e ingresos, no “likes”.

Sucede lo mismo con el sufrimiento psicológico.

Te pueden entender muy bien. Pero tú lo que quieres son herramientas que funcionen a largo plazo.

Tú quieres confianza, no palmaditas en la espalda.

Yo he sentido miedo, igual que vos.

También frustración, tristeza y desesperanza.

Pero no te voy a vender que “te entiendo”. Porque no he vivido tu historia exacta. Ni he tenido tus padres. Ni fui a tu colegio. No vivo en tu cuerpo.

Lo que quiero es ayudarte a despertar y desarrollar tu confianza innata.

No pretendo ser tu amiguito.

Tampoco tu hombro en el que llorar.

Mi objetivo es que me permitas ser tu entrenador. Tu compañero de camino, que simplemente te cuenta lo que ha visto, y cómo puedes experimentarlo.

Lo que puedo hacer es mostrarte el proceso experimental, pragmático y concreto que hemos experimentado yo, mis clientes y mis mentores.

Para mi, ahí está el jugo.

La pregunta es:

¿Eres enseñable?

Yo empecé sin serlo. Porque solo encontraba terapeutas, coaches y gurús superficiales.

Hasta que me topé con ciertos profesores poderosos. Y descubrí que, efectivamente, sí había gente con conocimiento transformador. Ahí es cuando me empezó a dar igual que “me entendieran”. Porque ya me entendía yo mismo. Y lo único que quería era cambios, no más amigos simpáticos pero sin habilidades poderosas.

No digo que la empatía no sea un ingrediente favorable.

Pero no es determinante.

A menos que te gusten más los pañuelos que los resultados.

Un abrazo (bien frío)

Íñigo

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